lunes, 5 de octubre de 2015

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Cuanto más la miraba más sentía su dolor, sus ojos tenían grabados el fulgor del llanto que usualmente en las noches hacía su alma añicos. Esos añicos explicaban las cicatrices que recorrían sus antebrazos y sus muslos, que no dejaba de intentar cubrirse devido a los sonidos que el viento hacia llegar a sus oidos.
Miraba esa falsa sonrisa como si fuera una cortina de agua en la entrada de una cueva donde dentro solo se veía oscuridad, intentando hacer de algo vacío algo con vida.
Me dió pena, pero como si de la escena más tenebrosa se tratará tuve que apartar la mirada para coger el valor necesario para tapar el espejo

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